En compañía probablemente de Almodóvar y Pérez Bayer,
Ponz viajó en 1759 a Ñapóles para conocer las excavaciones
de Pompeya y Herculano, ciudades romanas enterradas por
la erupción del Vesubio, que constituían objeto de admiración
para los viajeros europeos’8
. Las excavaciones de Herculano,
iniciadas en la década de 1710 por el príncipe D’Elbeuf, se
habían reanudado sistemáticamente en 1738, con el decidido
apoyo del nuevo monarca de las Dos Sicilias y futuro Carlos III;
diez años después se empezaría a investigar adecuadamente el
yacimiento de Pompeya. En 1750, Carlos de Borbón decidió
construir en su palacio de Portici un nuevo grupo de salas para
albergar los hallazgos. Tanto él como su hermano Fernando,
que lo sucedió en el trono al acceder el primero a la corona española
en 1759, impidieron las ventas de objetos arqueológicos
producto de las excavaciones y mostraron gran interés por su
estudio. La Real Academia de Herculano, fundada a tal efecto
bajo el ministerio de Tanucci, supervisó la publicación, entre
1757 y 1796, de nueve lujosos volúmenes ilustrados de la Antichitá
di Ercolano. La difusión de estos y otros grabados, así
como la peregrinación de numerosos viajeros para conocer las
ruinas, convertirían a éstas en motivo de inspiración de las artes
a lo largo de todo el siglo XVIII.
Pese al carácter incompleto de nuestros datos, es indudable
que el viaje a Italia resultó decisivo para Ponz, como
para tantos de sus contemporáneos. Y ello en un doble sentido.
Por una parte, influyó profundamente en su formación, pues le
permitió el contacto directo y continuado con la arquitectura
clásica, renacentista y barroca y con las obras conservadas en las
grandes colecciones, que marcaron su gusto artístico, sus elecciones
estéticas y orientaciones teóricas. Johann Winckelmann,
a quien pudo conocer como bibliotecario del cardenal Albani,
venía teorizando en sus escritos los principios del arte neoclá-
sico, basados en la defensa del valor objetivo de la belleza ab-
18. Francis Gaskell y Nicholas Penny, El gusto y el arte de la Antigüedad. El atractivo
de la escultura clásica (1500-1900), Madrid Alianza, 1990, p. 89.
ESTUDIO INTRODUCTORIO 21
soluta y en la imitación de las obras clásicas, que desarrollaría
de forma más amplia en su Histoire de Vari dans l’antiquité
(1781)19
. Antonio Mengs, también amigo de Winckelmann,
ejercería en España, donde residió de 1761 a 1769 y entre 1774
y 1777, un papel fundamental en la introducción de la estética
neoclásica, a través de su labor como pintor real y miembro
de la Academia de San Fernando y de sus escritos teóricos, la
Carta a D. Antonio Ponz sobre la pintura, publicada al final del
tomo VI del Viaje de España y traducida a varias lenguas, y las
Reflexiones de Don Antonio Mengs sobre la belleza y el gusto en
la pintura, incluidas en la edición postuma de sus obras completas
a cargo de José Nicolás de Azara20
. Por otra parte, la experiencia
italiana proporcionó a Ponz también una ocasión de
relacionarse con algunos personajes influyentes, como el propio
Mengs, Pérez Bayer, Almodóvar o Aróstegui, contactos que le
fueron de gran utilidad para labrarse el éxito profesional y polí-
tico a su vuelta a España.